En nuestra cena de aniversario, mi esposo tomó la mano de su amante frente a todos y dijo

 

El piso 38 de la Torre Márquez estaba casi vacío cuando Sofía llegó. Solo quedaba encendida la sala de juntas, iluminada por una luz blanca y fría que hacía ver la Ciudad de México como un mar de ventanas.

Arturo Ledesma, abogado de su familia desde hacía 25 años, la esperaba con una carpeta negra sobre la mesa.

—Me imaginé que vendrías hoy —dijo.

Sofía dejó el bolso en una silla.

—¿Ya lo sabe el consejo?

—Algunos. Otros están en camino. Pero Rodrigo ha llamado 14 veces.

—No le contestes.

Arturo abrió la carpeta.

Adentro había correos, pagos, reportes internos, facturas infladas y mensajes entre Rodrigo y Jimena. No eran solo pruebas de infidelidad. Eran algo mucho peor.

Rodrigo había usado dinero de la empresa para pagar viajes, joyas, departamentos temporales y campañas falsas de imagen para Jimena. Pero lo más grave estaba al final: un plan para presionar a Sofía durante el divorcio y hacerla firmar una cesión parcial de acciones, con la excusa de “proteger la estabilidad del grupo”.

Sofía soltó una risa seca.

—No quería divorciarse de mí. Quería comprarme mi propia empresa con mi propio dinero.

—Hay más —dijo Arturo.

Antes de que pudiera explicar, las puertas se abrieron.

Rodrigo entró furioso, todavía con el traje de gala y la corbata deshecha. Detrás de él venía Jimena, ya sin la sonrisa de reina.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —gritó él.

Sofía se sentó en la cabecera de la mesa.

—Trabajando.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Tú no trabajas aquí, Sofía. Tú solo heredaste cosas.

Arturo levantó la mirada.

—La señora Sofía Márquez es accionista mayoritaria del Grupo Beltrán-Márquez con el 68 % de control directo.

Jimena parpadeó.

—¿Qué?

Sofía la miró.

—Antes de ponerte un anillo pagado con dinero de la empresa, debiste preguntar quién firmaba los cheques.

El rostro de Jimena perdió color.

Rodrigo golpeó la mesa.

—No puedes hablarme así.

—Sí puedo. Soy tu esposa todavía, pero también soy la dueña de la mayoría de lo que tú llamas tuyo.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces apareció doña Elvira en la puerta, envuelta en su chal elegante, con los labios apretados.

—Sofía, basta. Estás humillando a mi hijo por despecho.

Sofía giró lentamente.

—Su hijo me humilló frente a 80 personas.

—Porque tú nunca supiste valorarlo. Jimena sí lo admira.

—Jimena lo admiraba porque creyó que era rico.

Jimena dio un paso al frente.

—Yo no necesito soportar insultos de una mujer ardida.

Arturo deslizó una hoja hacia ella.

—Entonces quizá pueda explicarnos por qué una empresa ligada a usted recibió 11 transferencias desde cuentas del grupo.

Jimena se quedó quieta.

Rodrigo miró el papel, confundido.

—¿Qué empresa?

Doña Elvira bajó la vista.

Sofía notó ese gesto.

—Usted sabía.

Elvira no respondió.

Arturo sacó otra carpeta.

—También tenemos autorización de pagos firmada por la señora Elvira Beltrán como asesora honoraria del consejo.

Rodrigo volteó hacia su madre.

—¿Mamá?

Elvira apretó los labios.

—Solo intentaba proteger lo que era de nuestra familia.

—No era de su familia —respondió Sofía—. Era de la mía.

En ese momento Arturo recibió un mensaje en su celular. Lo leyó y su expresión cambió.

—Sofía… llegó el informe bancario que faltaba.

Puso una hoja frente a ella.

Sofía leyó el nombre del beneficiario final.

No era Rodrigo.

No era Elvira.

Era alguien que nadie en esa sala esperaba.

Y cuando Sofía levantó la vista, Jimena ya estaba llorando.

¿Quién creen que estaba detrás de todo esto? Dejen su teoría, porque en la parte final se descubre la traición que nadie vio venir.

PARTE 3                       Para obtener más información,continúa en la página siguiente